La primera vez que tuve relaciones sexuales después de saber que vivía con el VIH, me temblaron las manos. No de deseo, sino de miedo. Miedo a decirlo, miedo a que se levantara y se fuera, miedo a que esa parte de mi vida se hubiera cerrado para siempre.
Nadie me había preparado para ese momento. El médico me habló del tratamiento, de los controles. Pero nadie me dijo cómo volver a acostarme con alguien sin sentir que era un peligro.
El VIH llegó sin avisar y lo cambió todo
Yo soy de Santo Domingo. Crecí en un barrio donde la masculinidad se mide en cosas muy concretas. El VIH no entraba en ese esquema. Era “cosa de otros”, de los que “se lo buscaron”. Yo también lo creía, aunque nunca lo dijera en voz alta.
Cuando me dieron el diagnóstico, tenía 31 años. Llegó en una prueba de rutina, sin síntomas, sin nada que me avisara. Lo primero que pensé no fue en mi salud. Fue en el sexo. En si alguien iba a querer estar conmigo sabiendo esto.
La relación que tenía no sobrevivió. La persona se fue sin mucha explicación y yo me quedé con una pregunta que desde entonces me persiguió: ¿quién va a querer tener relaciones sexuales con alguien que vive con el VIH?
Durante casi un año no tuve intimidad con nadie. No porque no quisiera, sino porque el miedo al rechazo era más grande que el deseo.
Y la conversación me aterraba. ¿Cómo se dice? ¿Cuándo? ¿Antes de quitarse la ropa?
En República Dominicana, donde hablar de salud sexual ya es difícil, hablar del VIH en ese contexto se sentía imposible.

Lo que me cambió fue entender el VIH de verdad.
Lo que me fue cambiando fue información. En AHF me explicaron que una persona con VIH en tratamiento y con carga viral indetectable NO transmite el virus durante las relaciones sexuales.
Que podía tener una vida sexual activa, con placer, sin mentirle a nadie y sin hacerle daño a nadie.
Eso me lo tuve que repetir varias veces para que me entrara.
La primera vez que se lo dije a alguien fui torpe. Lo dije rápido, con demasiadas palabras, como quien se defiende antes de que lo ataquen.
La persona se quedó en silencio unos segundos que a mí me parecieron eternos. Luego preguntó un par de cosas con calma, me dejé explicar, y la noche siguió.
No todas las conversaciones han salido así. Ha habido rechazos, silencios que dolieron. Pero aprendí algo: el rechazo de alguien que no puede procesar esta información no me define. Define sus límites, no los míos.
El VIH no me quitó las relaciones sexuales, me las transformó.
Hoy tengo relaciones sexuales con conciencia. Con condón, siempre. No porque me lo exijan, sino porque entiendo que cuidarme también es cuidar al otro.
El condón dejó de ser un símbolo de miedo y se convirtió en parte natural de cómo me relaciono. Hay deseo, hay placer, hay conversación honesta. Y hay algo que antes no existía: tranquilidad.
El VIH me obligó a hablar de cosas que antes evitaba. A conocer mi propio cuerpo con más detalle del que nunca me había interesado.
Me quitó la comodidad de la ignorancia, y aunque al principio eso dolió, con el tiempo entendí que era todo lo contrario a una pérdida.
Hay gente viviendo con el VIH convencida de que el diagnóstico fue el fin de su vida sexual. Yo estuve ahí. Y quiero decirles que no tiene que ser así.
El VIH no te quita el deseo ni el derecho a las relaciones sexuales, al placer, a la intimidad. Te pone frente a una conversación que muchos nunca se atreven a tener.
Y si la atraviesas, lo que encuentras del otro lado es mejor que lo que tenías antes: una vida sexual construida desde la honestidad y el cuidado propio.
Eso no me lo quitó el VIH. Me lo enseñó.





