Volví de Estados Unidos sabiendo qué es el VIH.

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Miguel S.

Llevo tiempo viviendo con VIH, pero nunca voy a olvidar el momento en que me dieron el diagnóstico. Lo primero que pregunté fue algo muy simple: ¿qué es el VIH?

No era una pregunta profunda ni técnica, era literal, porque no tenía idea de lo que significaba vivir con esto.

Recuerdo que la consejera me explicó con calma, sin rodeos y sin hacerme sentir mal. Me habló de tratamiento, de cómo funciona el virus y, sobre todo, de algo que en ese momento necesitaba escuchar: mi vida no se había terminado. Entender qué es el VIH en ese momento me dio algo que no sabía que necesitaba tanto: tranquilidad.

Durante mucho tiempo estuve bien. Hacía mis controles, tomaba mi tratamiento y seguía con mi vida. Pero años después hubo un momento en el que todo se desacomodó y el miedo regresó, no por el virus, sino por todo lo que venía alrededor.

Cuando entendí qué es el VIH más allá del diagnóstico

En ese momento vivía en Estados Unidos. Me fui por trabajo y terminé quedándome más tiempo del que había planeado. Ahí también llegó el diagnóstico. Nunca presenté síntomas del VIH, y si no hubiera sido por mis pruebas de rutina, probablemente no me habría enterado. Eso también fue parte del proceso: entender que los síntomas del VIH no siempre aparecen y que por eso hacerse la prueba es clave.

Mi diagnóstico no vino solo. También vino acompañado de una ruptura. Me di cuenta de que mi pareja me había sido infiel. Encontré mensajes, lo confronté y no hubo explicación, no hubo disculpa, solo se fue. Y aunque suene raro, eso fue lo que más me dolió en ese momento. No el VIH, sino la forma en la que pasó todo.

Después vino el golpe económico. La empresa donde trabajaba quebró y me quedé sin empleo. Pasaron los meses, las entrevistas no se concretaban y el estrés empezó a acumularse. Ya no era solo la incertidumbre laboral, era algo mucho más concreto: cómo iba a seguir con mi tratamiento.

Ahí fue cuando entendí que mi estabilidad no dependía solo de mí, sino también del acceso a salud. Y cuando eso se tambalea, todo lo demás pesa más.

Regresar a República Dominicana dejó de ser una opción y se convirtió en la única salida. Conseguí el dinero para el vuelo como pude. Mis papás estaban felices de verme, y yo también tenía una parte de mí que quería volver, pero había algo que no me dejaba estar tranquilo.

La llegada a mi país fue más dura de lo que pensé.

En el avión no pensaba en el cambio de país ni en empezar de nuevo. Pensaba en mis pastillas, en qué iba a pasar cuando se me acabaran. Pensaba en si en República Dominicana iba a poder acceder a tratamiento o si todo lo que había logrado mantener se iba a romper en cuestión de días.

Y con ese miedo llegué a mi casa.

No le había contado nada a mi mamá. No porque no confiara en ella, sino porque sabía que sin información es fácil caer en ideas equivocadas. El VIH y el sida siguen cargando muchos mitos, y yo no quería que ella entendiera mi diagnóstico desde el miedo.

Pero las cosas no se pueden ocultar para siempre. Ella me vio distinto desde que llegué. Me notaba nervioso, distraído, con la cabeza en otro lado. Hasta que un día se sentó conmigo, me tomó la mano y me preguntó qué me pasaba.

Ahí ya no pude seguir guardándolo.

Le conté todo. Desde la relación, hasta el diagnóstico, hasta el tratamiento. Y su primera reacción fue hacer la misma pregunta que yo había hecho años antes: ¿qué es el VIH?

Le expliqué todo lo que había aprendido. Hablé de la diferencia entre VIH y sida, de cómo funcionan los tratamientos, de que una persona con VIH puede llevar una vida completamente normal si tiene acceso a atención.

También le dije que nunca había tenido síntomas del VIH y que eso no significa que no esté ahí, sino que por eso es tan importante la información y las pruebas.

Ella me escuchó en silencio. No me interrumpió, no me juzgó. Cuando terminé, se levantó, me abrazó y se fue a su cuarto.

Yo me quedé sentado, haciendo cuentas mentales. Me quedaban cuatro pastillas. Cuatro días para encontrar una solución.

Acceder a tratamiento también es entender qué es el VIH en la vida real.

Esa noche casi no dormí. Me la pasé buscando en el teléfono sin saber exactamente qué estaba buscando. Información, opciones, cualquier cosa que me diera una salida. Y fue ahí, sin esperarlo, que apareció.

Un anuncio de AHF en Instagram.

Decía que ofrecían pruebas gratuitas de VIH. Entré por curiosidad, pero lo que encontré fue mucho más que eso. También hablaban de acceso a tratamiento gratuito. En ese momento, eso fue lo único que necesitaba leer.

Al día siguiente fui al wellness center de AHF.

Desde que entré, algo se sintió distinto. Había información clara, directa, sin miedo. Explicaban qué es el VIH, qué es el sida, cómo se transmite, cuáles son los síntomas del VIH y, sobre todo, cómo se vive con el virus hoy en día. Sin exageraciones, sin estigma.

Esperé unos minutos y me atendió una doctora. Le conté todo, sin filtros. Todo el estrés acumulado salió en ese momento. Y en lugar de sentirme juzgado, me sentí escuchado.

Me explicó que podía acceder a tratamiento sin costo, que no tenía que pasar por procesos complicados y que no estaba solo en esto.

Fue la primera vez en meses que sentí que podía respirar.

El proceso fue sencillo. Sin burocracia innecesaria, sin preguntas incómodas. Solo atención clara, directa y humana.

Hoy sigo con mi tratamiento. Sigo con mi vida. Y sigo siendo yo.

Entender qué es el VIH cambió mi forma de ver todo. No es el fin de nada. Es una condición que, con información y acceso a tratamiento, se puede manejar.

Vivir con VIH es posible. Lo sé porque lo vivo.